sábado, diciembre 10, 2011

Recital Poético «Gabriel Celaya en su centenario»

Luis Ángel Agenjo, Presidente del Grupo Literario Ateneo, presenta el recital poético a cargo de los componentes del Grupo Ateneo de Alcázar de San Juan.
Luis Ángel Agenjo
Interviene él mismo en primer lugar haciendo una introducción a la biografía de Gabriel Celaya, presentándolo como poeta social, y su trayectoria como escritor. A continuación, intervienen otros componentes del grupo Ateneo, entre ellos:


Dolores González recita el poema «España en marcha»:

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.
Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.
Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.
Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.
De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.
¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.
No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.
Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.
Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.
Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.
No quiero justificarte
como haría un leguleyo,
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.
España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.



Dentro de sus poesías oníricas, Virtudes Merlo recita un poema de su infancia, «Niñez sonámbula»:

Era una casa grande, vacía, llena de ecos, 
con veinte ventanales abiertos hacia el mar. 
Y el mar sonaba triste contra el acantilado 
como el destino sueña y acaba por matar. 
Era una casa rara porque nada pasaba 
y siempre parecía que algo iba a pasar. 
Era una casa loca como aquella en que, niño, 
según ahora me explican, nunca llegué a vivir, 
pero que yo recorro, sabiendo los secretos 
de sus cien corredores y sus puertas ocultas, 
sus vueltas y revueltas, sus cámaras cargadas 
de perfumes pesados y de un pasado horror 
que todas las ventanas abiertas hacia un mar 
de luz y de aventura, y disponibilidad, 
no barren con su brisa, ni liberan del ¡ay! 
Era una casa antigua. Y triste sin razón. 
Allí viví de niño, y allí vivo de veras 
por mucho que me nieguen. Y así, ciego, atravieso 
los pasillos sin fin y las salas vacías, 
y esas puertas que empujo para abrir otras salas, 
todas ricas, lujosas, con sus tapicerías, 
relojes, porcelanas, cortinas y recuerdos. 
Todas eran iguales, repetidas, abiertas, 
la rosa y la morada, la del león de oro, 
la del abuelo Juan... ¿En qué se distinguían? 
Yo abría puertas, puertas, buscando una salida, 
lloraba algunas veces sin saber bien por qué, 
y huía como un ciervo frente aaquella doncella 
que me decía amable: "¿Qué quiere el señorito?" 
Huir, huir, mi vida sólo ha sido una huida 
sin saber hacia dónde y sin saber por qué. 
Huir de aquella casa donde viví de niño, 
aunque según me dicen nunca viví de veras. 
No es un sueño. No. Veo oculto y real 
a ese niño que mira con ojos espantados 
detrás de una ventana, la mar, el mar, la mar.


Luis Arias recita «Momentos felices»:

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?
Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?
Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?
Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?
Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?
Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte.
" Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad lo que no se vende?


Rosa Vergara recita «La soledad cerrada»:

EL AMOR Y LA TIERRA
El amor y la tierra se abrazan sollozando,
y la arcilla y el ansia, y el hombre nuevo nace.
-¿De dónde vienes, dime ; di, amigo, adónde vienes?
(Unos pájaros largos volaban sobre el llano.) 
-¿De dónde vienes, dime?
-De un ansia atormentada,
de vidas que prometen, y duelen, y no brotan,
con un paso cansado y un peso resignado
a reposar tranquilo en tu oscuro silencio.
Tierra, no palpites, guárdame en tu tumba.
Traigo los labios blancos de avidez y de espanto.
Mi dolor es tan grande como aquella esperanza
me dio tanto amor y hoy me pesa tan hondo.
Creía que unos brazos en cruz abren los mares,
que unos ojos dan luz al cielo estremecido,
que unos labios que tiemblan pronuncian ya palabras.
Creía que las cosas nacen sólo del ansia.
Ahora vengo cansado, dulcísimo y sumiso,
con un peso de gritos que no han podido huir,
y te encuentro a ti, tierra, y en tu oscuro latido
perpetúo la angustia que heredé de tus muertos.
El amor y la tierra se abrazaban convulsos;
se abrazaban las ansias palpitantes e informes
y la tierra que sube mojada, espesa y fría
y abandona en mi cuerpo su eternidad sin alma:
su yerta eternidad de extensión desolada,
de cielo en desvarío que no encuentra sus nubes,
de una luz que se sufre como muerte desnuda
que despoja de gritos y sueños confundidos.
-¿De dónde vienes, dime ; di, amigo, adónde vienes?
-De una vida que duele porque ignora sus gritos
vengo a tu muerte, tierra, de eternidad dormida ;
de un correr detenido a lo inmóvil que vibra.
Mis brazos se han abierto con deseo de alas
y hoy abrazan la tierra, cuna y tumba del ansia.
Un hombre nuevo nace sobre otros hombres muertos.
Hombres muertos descansan bajo el hombre que nace.
Voy por el mundo y canto. Voy por el mundo y lloro.
De tanto como amo no comprendo las cosas:
esta vida voraz que me espanta y me llama,
me da dolor y rabia, y me aterra, y me absorbe.
Tierra, guárdame contigo, con tu muerte caliente,
con tu sueño materno de gritos sofocados ;
que un puñado de barro me tapone esta boca
que se abre y se abre, y no encuentra su grito.


Belén García Consuegra recita «La pura verdad»:

Los ciudadanos equis, 
los honrados tenderos, 
los amigos del alma, 
la portera, el banquero, 
no pueden perdonarnos 
el loco sentimiento: 
tu belleza, mi risa, 
nuestro pronunciamiento. 
No lo entienden. Nos miran 
y se cuentan los dedos. 
Se dicen:" Están locos."
Casi les damos miedo. 
Veo. 
La Policía, Dios, 
la fuerza del dinero, 
las leyes del rebaño 
nos exigen respeto. 
La dicha es una falta 
o es quizás un exceso. 
La alegría es locura 
y escándalo, el deseo, 
reza un run-run que suena 
a onceno mandamiento. 
No se debe, ni puede 
tomar por luz el fuego. 
Veo. 
¿Qué podría decirles? 
Solamente que quiero. 
Quiero, libre mancha, 
la luz del mundo entero, 
el éxtasis y el aire, 
la destrucción del tiempo. 
Quiero un amor, el mío. 
Quiero seguir queriendo. 
Quiero, pero -¡miseria!- 
queriendo así, ¿qué puedo? 
Los ciudadanos equis 
no sienten lo que siento. Pero... 
Pero, feliz, yo quiero.


Teresa Cuartero recita «Onda del silencio»:

Entre la vida y el sueño
Sube y baja el silencio.
Sube con la tarde, pura
De penúltimas nostalgias amarillas;
Baja con la noche, lenta
De alas y muertos de espuma.
Entre la vida y el sueño
Sube y baja el silencio.
Sube con el dedo quieto
Sobre sus labios morados; 
Baja lento a sus abismos
Con los ojos entornados.
Sube y anuncia:
¿Qué anuncia?
Baja y me dice:
¿Qué dice?
Entre la vida y el sueño
Sube y baja el silencio.
Sube y me trae peces muertos
Desde sus profundidades;
Baja con un olor frío
De astro deshabitado.
Sube y pone en la luna
Largas algas amarillas;
Baja y pone en mi sueño
Rostros pálidos y quietos.
Entre la vida y el sueño
Sube y baja el silencio;
Sube y baja y es la densa
Respiración de la angustia.




Mariano Lizcano recita «En el fondo de la noche»:

En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.
Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.
Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.
Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.



Virginia Sánchez recita «Descanso» y «Despedida»:

DESCANSO
Con ternura, con paz, con inocencia,
con una blanda tristeza o el cansancio
que viene a ser un perro fiel que acariciamos,
estoy sentado en mi sillón y soy feliz,
y soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.
Con una fatiga que no es un desengaño,
con un gozo que no alienta esperanzas,
estoy en mi sillón, y estoy
en algo que quizás sólo es amor.
Sé que floto
y nada me parece sin embargo indiferente;
sé que nada me alegra ni me duele
y que sin embargo todo me enternece;
sé que eso es el amor,
o que quizá solamente es un dulce cansancio;
sé que soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.


DESPEDIDA
Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.



Para finalizar, interviene el grupo vocal Ateneo, versionando a Paco Ibáñez:






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